martes, 12 de noviembre de 2013

LA CULTURA DE LA CRUELDAD

Siempre me han aburrido y repugnado las corridas de toros (Miguel de Unamuno)                                                                                                                                        

Las corridas de toros son un vicio de nuestra sangre envenenada desde la antigüedad (Jacinto Benavente)                                                                         

                                                                                                                                 
Un poco de historia

La corrida de toros, ese resquicio brutal de otros tiempos, apareció formalmente en España. Nacidas como un entretenimiento militar, pronto fueron calando en el pueblo llano como forma de desahogar la rabia producida por todas las represiones y frustraciones. El animal se convertía así en la víctima propiciatoria de una sociedad que imponía a la vida un profundo malestar. Fernando VII, uno de los más nefastos gobernantes españoles, cerró universidades y abrió escuelas de tauromaquia, lo cual ilustra bien la función de las corridas: un pueblo embrutecido es más manejable que un pueblo instruido. A pesar de que en los años 60 y 70 estuvieron a punto de desaparecer en España, actualmente aún perviven aquí y allá, debido básicamente a intereses económicos que consiguen el apoyo gubernamental y subvenciones públicas, difundiendo el tendencioso mensaje de la tradición como única justificación de algo tan anacrónico como cruel.

El milagro de octubre

El historiador Francisco Cossío señaló que en 1540 el conquistador Francisco Pizarro, a la edad de 66 años, fue el primero que toreó en la Plaza Mayor de la "Ciudad de los Reyes". El "descubrimiento" o, mejor dicho, la invasión y el genocidio en las tierras americanas propiciaron la salvaje tradición. La corrida de toros se oficializó en 1558, tomando mayor arraigo con la construcción de la Plaza de Acho en siglo XVIII. Hace 55 años se realiza en esta plaza en los meses de octubre y noviembre la "Feria Taurina del Señor de los Milagros". Los espectadores disfrutan con su sádica concepción de cultura, asumiendo plenamente el hecho de "ir a las corridas" como un elemento de estatus y distinción. No nos ocuparemos de estos espectadores –artistas, políticos, intelectuales, aristócratas, arribistas-: quizá se abra un campo infinito de concepciones y adjetivos que podríamos otorgar a quienes disfrutan con la laceración pública y organizada de un animal herbívoro.

La crueldad unida a la tolerancia es una patología. Nadie puede justificar las corridas de toros argumentando la "cultura" y el "no-sufrimiento de los animales inferiores", como en el colmo de la canallada hacen los que publicitan este "deporte". Ya, en 1980, la Unesco sentenció a las corridas tratándolas de desventuradas y corruptas, traumatizadoras de niños y adultos sensibles al escándalo de la matanza. Sin embargo, el disfraz macabro del torero –que es solo una vistosa variante del atuendo de un carnicero- continúa cubriendo con fuegos artificiales la tortura sistemática y el cruel brote de la sangre, que constituye, para una minoría morbosa e ignorante, un comercio impuro y vil. La corrida de toros no tiene alguna función social positiva o algún mérito cultural, eso está claro, pero representa para los organizadores un buen negocio. Las entradas se venden en dólares, a un precio elevado y están libres del pago de impuestos debido a que el Instituto Nacional de Cultura califica a la corrida de toros –por mandato legal- como un "espectáculo cultural". Negocio redondo. Todo el "asunto cultural" es manejado empresarialmente, y hay gente que vive bien del montaje: ganaderos, periodistas, toreros.

La tortura

Se ha definido a las corridas de toros como el proceso mediante el cual un toro –que es un animal herbívoro superior- es reducido a la condición de piltrafa. Las distintas armas utilizadas, previamente a la muerte del toro, tienen como objeto debilitarlo, para que después el torero pueda matarlo fácilmente. El picador le introduce una puya de 10 cm. de longitud que le hunde en el cuello, realizando movimientos hacia los lados para desgarrar y horadar la carne del animal, provocándole intensas hemorragias. Las banderillas, afilados arpones de unos 6 cm. de longitud, que se le clavan en el lomo, tienen la función de "humillarlo", es decir, para desgarrar sus músculos y hacer que agache la cabeza para que el matador pueda introducirle la espada mortal. La muerte del toro es lenta y muy dolorosa, ya que casi nunca muere en la primera estocada. No es infrecuente que el animal reciba varias estocadas. Cuando resiste más del tiempo programado para una corrida, se recurre a la puntilla, cuchillo que secciona la médula espinal y deja al animal paralizado pero consciente, estado en el que posteriormente entra al desolladero.

Existen otras técnicas que se emplean para reducir riesgos al "valiente" torero, todas ellas desmentidas por los taurinos, pero confirmadas por veterinarios y testigos presenciales: el "afeitado", que consiste en recortarle y pulirle los cuernos poco antes de la corrida, restándole eficacia a su única defensa; las palizas, generalmente con sacos de arena pero a veces con palos, para inquietarlo y debilitarlo; el untamiento de vaselina en los ojos, para menguar su visión; los cortes en las pezuñas, donde se unta después aguarrás para que esté siempre inquieto en el ruedo y no aburra a los espectadores, etc.

Por otra parte, debido a la inadecuada alimentación con extraños compuestos, realizada para complacer a un público que exige toros cada vez más grandes, los toros sufren un exceso de peso que les causa lesiones y les dificulta el movimiento. El toro es un animal herbívoro, y como tal pacífico, y es solo con sistemáticos castigos y manipulaciones –que son la base de la crianza de los así llamados "toros de lidia"- que se consigue alterar su ser natural, quedando convertido en un enfermo nervioso que sólo lucha por su vida. En la plaza, el toro lo único que busca es la huida, y sus ataques desesperados son, además de por provocación, por no encontrar una salida.

Los caballos son la víctima olvidada de las corridas, pues en numerosas ocasiones reciben embestidas que les abren las tripas. A menudo se les vuelven a meter los intestinos y se les cose para que vuelvan a salir a la plaza. Por otra parte, es necesario drogarlos y taparle los ojos para que salgan a la plaza, ya que de otra manera el terror que sienten al ver al toro les haría huir.

La mirada horizontal

El problema es la manera como en la sociedad se nos enseña a conocernos y definirnos, basándonos en raza, sexo o especie. Etiquetamos a aquellos que son diferentes como "los otros" y a continuación los cosificamos con el fin de utilizarlos como instrumentos. A lo largo de la historia "los otros" han sido infravalorados y explotados. Se ha tratado a la gente de color como "bestias de carga" o como esclavos. También se ha tratado a las mujeres como meros objetos sexuales, y de la forma más agresiva. Aún no se ha detenido este abuso, todavía permanece bajo formas más sutiles y ocultas, o legitimadas por la costumbre y la ideología. Todas las formas de abuso tienen su origen en la jerarquía y en dominación, a partir de los cuales se establece un universo cerrado fuera del cual todo es manipulable y explotable sin límites.

En el caso de los animales, ni siquiera tratamos de ocultar los abusos a los que los sometemos. Hacemos de los animales objetos y les ponemos etiquetas. Como los encuadramos en la categoría de "lo otro", los utilizamos instrumentalmente como objetos de belleza (abrigos de pieles, productos de cuero, cosméticos, etc.), formas de entretenimiento (carnavales, rodeos, carreras de caballos, corridas de toros, peleas de gallos, etc.), utensilios para la "educación" y la "ciencia" (víctimas de vivisecciones en laboratorios). También los fragmentamos llamándolos costillas, alitas, menudencia... para finalmente completar el ciclo comiéndonoslos.

En el caso de las corridas, los medios de comunicación siguen haciendo propaganda taurina, con el fin de ampliar el interés por las corridas de toros y aumentar la minoría que las sostiene. A veces cubren su intención propagandística con pretextos informativos. Se transmiten y comentan las corridas de toros, y se ha puesto de moda salir en las páginas sociales de medios conservadores como El Comercio o Caretas. Igualmente existen publicaciones que fungen de "positivas y espirituales", pero que luego de una cita a Gandhi abren sorprendentemente sus páginas a la muerte y la tortura. Invariablemente, impiden la mirada horizontal que permitiría tomar conciencia del dolor ajeno y sentir simpatía por "los otros": refuerzan sistemáticamente la apatía que sostiene una sociedad que tolera tan bien la injusticia, la explotación, los bombardeos y el asesinato.

El debate de la cultura

El cineasta Armando Robles Godoy, que ante los incautos pasa como "contracultural", ha pretendido legitimar la violencia de las corridas de toros dándoles connotaciones artísticas y trascendentes. Así ha escrito acerca de la "belleza de la muerte" que emana de los ruedos, ignorando a los animales que son vanamente sacrificados y resaltando el peligro de muerte que afrontan los toreros. Robles no habla de la "belleza de la muerte" apreciable en ciertas obras artísticas cuando el límite del lenguaje que nos forma se estrella contra la ajena superficie de las cosas, y la propia existencia tiembla, sino de la insensatez de los toreros, esos seres por lo general estúpidos que se exponen al peligro como un conductor de Ticos en una autopista, pero que a diferencia de estos, lamentablemente, rara vez mueren, porque la técnica de tortura de las corridas de toros es bastante eficiente.

Es fácil advertir la palabrería pueril y pretenciosa que se puede erigir no solo alrededor de las corridas sino alrededor de cualquier actividad que se sabe deleznable, con el intento de justificarla. Si los carniceros en los mataderos se vistieran con lentejuelas, practicaran ciertos movimientos vistosos, desarrollaran cierta teoría alrededor de su labor, y la transmitieran a sus nietos, con el tiempo, y con el apoyo de algunos intelectuales, quizá podrían cobrar entradas para ingresar al camal de Yerbateros, evadir impuestos, agenciarse de un dinero extra y ser considerados "artistas". Todo es cuestión de falta de sensibilidad y de mucha tradición.

Otra cosa es la belleza, que puede ser experimentada en cualquier cosa: un cielo, un poema, un rostro, una urbe o una carnicería. En las corridas de toros encontraron belleza personas con un sentido artístico apreciable como Cocteau o Hemingway, pero eso no aporta ningún argumento a favor de las corridas de toros, pues la experiencia de la belleza es inexplicable, subjetiva e intransferible. Por ejemplo, el cineasta Charles Chaplin reconoció que la directora alemana Leni Riefenstahl fue capaz de lograr momentos susceptibles de provocar el poderoso sentimiento de la belleza en una película de propaganda al nazismo, encargada por Hitler, pero eso no significa que haya cedido un centímetro en su condena al nazismo. Más allá de los misterios de lo inefable y la belleza, están nuestras opiniones políticas y culturales, nuestras actitudes y acciones que afectan el mundo en el que convivimos, y en ello Chaplin no fue ambiguo.

Hay quienes aprecian las corridas de toros en un sentido estético; pero no importa si ven ese resplandor en la tauromaquia o en las chapitas de Coca-Cola. Importa su opinión sobre la tortura a los animales: si no las condenan, si no se problematizan en su afición taurina, es porque torturar y asesinar a los toros no les parece condenable o importante. Hay personas con una sensibilidad distinta: por más fuegos artificiales que rodeen el sangriento hecho, no encuentran belleza en esa costumbre que consideran degradante y que condenan. Estas sensibilidades distintas configuran un debate en la cultura, un punto de tensión que los taurinos rehúyen asumiendo el rol de víctimas incomprendidas que son molestadas por los "intolerantes". No afirmamos que somos "buenos por naturaleza": podemos tanto ser crueles y asesinos como compasivos y bondadosos. Pero en lo que se refiere a este montaje como circo en el que se disfruta con la sangre de los toros, no estamos de acuerdo. Hay una ética que nos reclama: ¿por qué hay que ser tolerante con los que torturan y matan?

Quizá sería mejor que beban de su propia sangre.
 
                                                                                
Diciembre 2003

domingo, 10 de noviembre de 2013

REGRESIÓN AL PRINCIPIO DEL AMOR (RECUERDO DE 12 MUJERES)

Alguna vez se tiene el recuerdo de que se quiso a alguien. Con el transcurrir del tiempo, uno mira el pasado como un filme casi mítico con recuerdos imborrables, alegrías y pesares, cuitas y devaneos, al fin y al cabo, que configuran la vida afectiva. Pero su contraste tanático es quizá lo que determina el fin de algunas relaciones, de lo que fue y ya no será, de los recuerdos que marcan con cincel la piedra en forma de vida. Mi deseo fue evocarlas antes que las olvide… quizá para invocar sus efluvios y las pasiones irrefrenables que me provocaron. Fueron las mujeres que alguna vez quise un poco más de lo normal, no importando su prolongación o su categoría, solo su recuerdo y que alguna vez me quitaron el sueño…

La niña favorita de mi infancia
Hubo una época en la que pintarrajeaba mis cuadernos escolares por detrás y asistía a unos recintos educativos que acentuaban de alguna forma mi (in)cierta reclusión escolar. En esos avatares de primera infancia escolar la conocí. Ella era una niña hermosa de ojos marrones claros que miraba a través de las lunas polarizadas de mi movilidad. Quizá la niña más bonita del salón, condición humildemente negada por ella. Los sábados por la tarde en el club solía llenar los árboles de inscripciones con la letra inicial de nuestros nombres dentro de un corazón malhecho. Soñaba día y noche con ella. Pero fue meramente platónico, como inocentes juegos de miradas en el patio de recreo, con excepción de un encuentro en la escalera contigua, un beso furtivo y un curioso adiós. Pareciera ser ayer aquel encuentro: mi cita adánica con el sexo opuesto, no estuve a la altura de las circunstancias pues yo no era como el resto, era más bien un niño callado, introspectivo y fantasioso. De ese encuentro aún guardo en mi memoria su curiosa maldición y días después cómo se vengó la niña favorita de mi infancia en una suerte de trabajo grupal del colegio, haciendo de mi ridículo un contubernio gregario, cuando, luego de un alarde de histrionismo, tomó mis mejillas ruborizadas a modo de burla para no volver a tocarlas jamás.

El despertar de la adolescencia
Pese al mal momento, seguí cautivado por mi primer amor, hasta que me topé con otra mujer. Fue al comenzar la secundaria, cuando me atrajo. Ella fue la primera que guió mis iniciales trazos poéticos inspirados por los senos femeninos. Su candorosa adolescencia le dotó de los mejores pechos de la secundaria. Vivía por mi casa, así que esto me podía asegurar un merodeo por la suya al terminar de jugar fútbol. Nada como escucharla hablar porque esto sugería una profundidad emotiva y lo hacía de una forma bastante atractiva; mientras que su frente, amplia y seductora, era finalmente lo que me fulminaba. Soñaba con tenerla en mis brazos y apretujarla, pero ella ya estaba con el hijo del ministro de Economía de entonces. No obstante, ella siempre se daría maña para aguardarme en algún parque con un silbido vivaz y sorpresivo (para no apagar la llama), o como aquella vez en un recreo, con un beso, cuando ya mi escepticismo hacia la vida estaba en pleno germen. Eso fue lo que bastó para que la confusión naciera y reinara en mi cabeza, reforzando mi poco entendimiento hacia las mujeres.

Ella o todo el cielo lleno de pecas
Pero nada como una niña llena de pecas. Aquella que me alegró y motivó mis últimos años de colegio, cuando soñaba con largarme de esa prisión. En algún momento, en un tiempo infinitamente congelado, tal vez la mujer más trascendente de mi vida, pues por aquella época pensaba que siempre la amaría. La vi con atención en algún recreo por vez primera y reparé en una niña delgada, pecosa, muy blanca y con una mirada de ojos celestes medio marrones claros y exóticos que su pelo suelto y rebelde parecía resaltar. Ya empezaba a gustarme y mi mayor mérito fue verla cuando nadie, quizá, se fijaba en ella. Ahí la vi, jugueteando en un recreo: ella con 12 y yo con 16. Por ella, comenzaron a etiquetarme como “chibolero” en el colegio, en la etapa escolar donde más importa curiosamente lo que piensa el resto sobre ti, que lo que uno mismo piensa sobre sí mismo. Ella, realmente, me metió casi de lleno a la poesía, arrojándome al arte sinuoso de dejarle anónimos y obsequios. Fue por ella también que comencé a escribir poesía con plumones de colores. Nunca, a esa corta edad, había sido tan fuerte un sentimiento hacia una mujer (niña). Un 13 de agosto (aún recuerdo la fecha de tamaño acontecimiento) le hablé por primera vez, para arrojarme a la sinrazón de la comisión de actos descabellados por ella: regalitos sin remitente por aquí, anónimos poéticos por allá. Recuerdo sus miradas en el balconcito del segundo piso y su curiosa forma de caminar apresuradamente. Al culminar el colegio, fue lo que más me interesó, lo que extrañaba a rabiar. Por las noches, durante mucho tiempo, solía pasar por su casa a ver si me la topaba (jugando a provocar la casualidad); pero curiosamente (oh, ironía) me encontraba con ella en los momentos más inesperados. Nunca había amado tanto (hasta ese entonces…), con el perdón de la expresión y con la problemática que entraña verbo tan ambiguo.

La chica de la academia
Pasaron los años y cuando nada hacía presagiar que alguna otra mujer que no fuera ella me interesara enormemente, apareció otra fémina, a ella la conocí en la Academia para ingresar a la Universidad de San Marcos, varios años después. Era una chica delgada de tez clara y pecas (también) y con una voz ronca muy particular. Tenía un airecillo a mi pasado amor, lo cual facilitó que quede prendado de ella rápidamente. Se sentaba adelante y a un extremo del aula pero yo recibía la lista de alumnos que todos debían firmar antes que ella lo haga. Como mayormente lo hice siempre, me sentaba en la parte posterior del aula. En cierta ocasión le dejé un mensaje en el control de las asistencias y se abrió el universo de posibilidades. Estudiaba todos sus movimientos y la percibí interesada a la expectativa de su admirador. Como jugando, llegué a quererla demasiado, aún sin conocerla. Pero cuando trabamos conversación, pues teníamos amigos en común, ahí sí terminó de acaparar en demasía mis pensamientos. Un gran amigo alguna vez me comentó que “mi musa” tenía enamorado y el fulano de marras, a quien decíamos Sting por cierto parecido físico, conjuntamente con el final de la preparación académica, ayudó a “olvidarme” de ella, no sin antes buscarla a su casa en la calle Madreselvas del distrito de Surco, donde, frente a su ausencia, un guachimán tendría la sagrada misión de entregarle la “trascendental misiva” preparada especialmente para aquella ocasión, ya de despedida.

Un abrazo interminable, un año nuevo en la playa
Pero una chica llegó tan rápido como se fue. Parecía que empezaba a acostumbrarme a incinerar ciertos recuerdos afectivo-estudiantiles en los alrededores de mi casa, pues, la muchacha dulce del barrio, una de las pocas chicas de confianza del grupo de amigos que nos reuníamos por un parque en una época, fácilmente se apoderó de mis afectos. Ella era bajita, y de carácter más bien tierno. Recuerdo su alegría al decirle que había ingresado a la universidad, en los festejos de año nuevo, con aquel abrazo interminable y saltarín en la playa Punta Hermosa cuando llegué tardíamente y al filo de la medianoche. Pretexté ayudarla en sus estudios como aquel profesor distraído que siempre fui, acudiendo religiosamente a nuestra cita semanal en su casa. Allí a veces cocinaba como un previo a las clases que pude enseñarle de Razonamiento Verbal. Recuerdo cómo le dictaba los sinónimos fisgoneando sus cabellos o cómo le explicaba sobre los verbos defectivos mientras observaba los dedos que nacían de sus pequeñas manos. También, cómo le robé un beso jugando a tirarnos pop corn, lo que quizá le supuso solo una coquetería inocua de un tipo un tanto experimentado frente a ella. Mientras tanto, por otro flanco, un amante clandestino le arrojaba hojas de papel con versos. Quizá la susodicha no sepa aún que el tal Roque Roca (su amante anónimo y a escondidas) era yo, su profesor; sin embargo, guardo en mi memoria su disciplinada y pausada manera de hablar, su mentón y sus ojos expresivos. Supuso, ella, quizá mi primer interés por una mujer que no radicaba enteramente en lo físico, y a partir de tamaña experiencia, pienso, mis intereses se volcaron más hacia otro tipo de mujeres, con otro tipo de virtudes. Nunca me sinceré con respecto a mis sentimientos hacia ella, siempre mantuve aquella cautela dolorosa de los cobardes.

El contraste es demasiada ternura
Con el transcurrir de los calendarios, ingresé a la universidad, abriéndose un abanico de mujeres que hacían confluir la gracia y los hábitos por la cultura. Fue entonces que apareció una menuda belleza. Compartíamos clases de Literatura en la Facultad de Letras de San Marcos. Era demasiado tierna y guapa para ser cierto. Una mezcla armoniosa de estudiante de literatura, arquetípicamente hablando, y generosa chica-de-su-casa. Llevaba una mirada triste que era arreglada inmediatamente por una sonrisa magnífica. Una sonrisa inolvidable de aquellas que se dibujan en los alrededores del bosque de Letras en la universidad cuando dicen que se suspendieron las clases. Parecía que siempre por sus ojos habían cruzado lágrimas toda la noche anterior, y que lo sabía disimular. Nunca supe lo profundo de sus problemas o la verdad de sus ojos, sin embargo, andaba siempre con el cuadernito bajo el brazo como alumna aplicada (y lo era) con innumerables apuntes literarios y una ropa clara que parecía de enfermera. En un paseíto a no sé dónde, parte de un curso de Historia del primer año, la tomé del brazo e hice explícitas mis intenciones, pero solo con el lenguaje de las miradas, sin alguna palabra que suela engañar. El resto fue escribirle de incógnito en la carpeta del aula y esperar el día preciso, para darme cuenta luego que algunas conjunciones en las aulas no son eternas y que poetizar a veces no es tan efectivo como actuar.

El vuelo de la mujer espigada
Parecía volar. Ya la había visto en los recovecos de la academia previa a San Marcos, pero verla entrar (o deslizarse) por vez primera, sola y etérea, a la Facultad de Letras fue toda una revelación en aquellos tiempos. Su nombre resonaba ya bastante por las aulas y el Patio de Letras cuando recién llevaba días estudiando Arte. Cuando la vi, veía algo parecido a una semidiosa y su pasar dejaba boquiabiertos a estudiantes y profesores. Era alta, espigada, de piernas delgadas y firmes, y su rostro (con ojos exóticamente claros y el mascar de chicle incluido) era un anuncio de que el cielo existía en el recinto académico. Su padre, un viejo izquierdista y amante de Silvio Rodríguez le impregnó a su hija una sensibilidad hacia las artes y una curiosidad inefable, lo que le hizo hablarme por primera vez en la cola del teatro para finalmente no entrar frente a tan agudo y pertinente compartir. El Tío Vania de Chejov en el Museo de la Nación podía esperar para otro día. Por aquel entonces decidí no contarle a nadie quién era mi nueva amiga; y, luego, correrían las apuestas para ver quién era el osado que le hablase a la susodicha, la cual paraba sola escribiendo o leyendo en la Facultad, en los intermedios entre clase y clase. Recuerdo, como si fuera ayer, decir “yo le hablo” frente al estupor de tutilimundi y acercarme a ella con un andar acompasado y nervioso (curioso porque ya le había hablado e incluso hasta lanzado mis sarcásticas bromas clásicas de humor negro) y cómo estiró su cuello como un cisne para reconocerme a un metro de ella, lanzándome una sonrisa perfecta. De allí en más, ser el centro y la comidilla de esos ambientes estudiantiles por frecuentarla, pero queda en la memoria la belleza de las conversaciones esgrimidas, cuando ambos nos confesábamos sueños y expectativas, cuando compartíamos los supuestos nombres de nuestros futuros hijos, cuando hablábamos de Sabina o Silvio con libros de Borges y Cortázar; pero sobre todo cuando me invitó a su casa en Barranco, llena de bohemia y culto por la poesía, donde se me abrió todo un universo a través de ella en un dormitorio y una cama cuya fragancia nunca olvidaré. Sin embargo, ella también me enseñó (y yo que no quería aprender) que algunos momentos son mejores cuando son efímeros, porque con ello se puede guardar la esencia.

Una mujer estudiando a Hegel y descifrando a Sade
La filosofía está ligada al asombro que mueve el interés por el conocimiento, por el saber. No fue muy asombroso en la universidad descubrir mi interés por las clases de Filosofía (más que por las de Literatura), pues siempre había sido un autodidacta del estudio del pensamiento. Pero mi asombro fue mayúsculo al sentirme atrapado por un sentimiento. Una mujer que estudiaba Filosofía y cuya cabellera ensortijada, siempre adornada de pañuelos y accesorios, atraía mis miradas (y las de muchos) y fui casi natural e inevitable conocerla. Estaba destinado, creo yo, que pronto charlemos en alguna escalera y en el Patio de Letras rodeados de nuestros acostumbrados amigos de Filosofía. Ella hacía velas y se distinguía por su buen gusto en el vestir, por sus combinaciones de ropa, pero también por sus monólogos arrebatados donde te podía hablar de Sade o Hegel. Su simpatía y sencillez, además, alegraba cada rincón del aula y tenía la maña (tan suya) de sacar un cigarrillo en el momento preciso. Hasta que se hizo evidente mi sentimiento hacia ella en alguna fiesta o aniversario de alguna facultad de la universidad, cuando, motivado por la noche y el alcohol, casi nerviosamente le tomé la mano, sin decir palabra alguna. En cierta ocasión, por un accidente en la elaboración de las velas, se quemó el cabello y tuvo que rapárselo en su totalidad. Pero, igual se le veía radiante, siempre iluminando de alguna manera. En plena efervescencia estudiantil, en medio de las protestas por reivindicaciones, se llegó a tomar la Facultad de Letras y allí en un aula disfrazada de barricada descubrí su brillo particular, su luz concomitante, eso que ilumina el entrevero que tienen la filosofía y la literatura. Luego de algún torpe alejamiento, la llamé a su celular un día por su cumpleaños y escucharla, solo escucharla, alumbró mi caminar aquella larga noche. Nunca había tenido tantas ganas de asistir a la universidad, aquellos días de estudio y agitación política y del corazón.

Aquella mujer, aquel Año Nuevo, aquella vida
Iba a la universidad de visita con sus lentecitos que ciertamente le daban un aspecto interesante. Era bajita y aguerrida y, sin embargo, simpática, tierna y medio ingenua. Ya la conocía por amigos en común, pero comenzaba a mirarla con otros ojos cuando llegaba a San Marcos y me conversaba sobre una y otra cuestión. Me encantaba escucharla y descifrarla. También compartíamos ambientes ligados a los conciertos y a la contracultura del centro de Lima. Así, las calles de Quillca y Cailloma fueron el polvorín de nuestros ideales, pero también de nuestros afectos. Nos enamoramos y quién diría que, con el tiempo, aquella mujer me daría una hija y un universo de esperanzas y proyectos. En un inicio, rápidamente, con la emoción del primer instante, viajamos por Bolivia y Argentina e hicimos a nuestra pequeña hija, y de ambientes de estudios universitarios y conciertos de punk rock pasé a conocer, empero, oficinas siniestras, subempleos y, todo lo dura que es la vida con sus responsabilidades y enfrentamientos. La mayor recompensa fue lo que llamé mi motorcito: mi hija, y aquella combinación de regresar tarde, de trabajar, y encontrarlas a las dos, durmiendo. Ella (¡la mujer que me dio una hija!) me acompañaba, pero sobre todo nos acompañábamos. Fue intensamente interesante el intento de formar una familia con ella, acoplarme a sus hábitos y manías en esa convivencia sui géneris. Nos conocimos en las buenas y en las malas y mientras mi consabida privacidad se extinguía, mi ensimismamiento se hizo más social. Ya con el pasar de los años (algunos) quizá no hubo armas suficientes para combatir los tedios y problemas de un entorno familiar clásico con una convivencia a cuestas y la querencia turbulenta (con besos de pasión) se desvaneció… Sin embargo, luego de un tiempo, al verla en un bar del centro de Lima, y al bailar juntos no hicimos sino enredarnos de nuevo, retomar, porque (valga nombrar el lugar común) “donde hubo fuego cenizas quedaron”. Lo intentamos, claro que sí, pero ese intento duró poco; sin embargo, ese intento, esos últimos meses fueron significativamente hermosos y emocionantes pues ella será siempre aquella mujer que me hizo valorar algunas cosas que antes no lo hacía, y que retó mi sentido de responsabilidad, cambiando mi vida por completo.

El vientecillo de la libertad
Salí de la universidad y puse una tienda de libros, discos y videos en el centro de Lima, transcurriendo mis días por allí. Fue entonces que apareció una persona a la cual le llevaba varios años de ventaja. La conocí cuando ella averiguaba sobre unos fanzines y unos libros en la tienda de un amigo. Ella estaba acompañada de un chico y lo primero que recuerdo es su mirada, su interés por las ideas y los escritores y cómo escuchaba cuando le hablabas, cómo prestaba atención, como una esponja que absorbía conocimientos y experiencias. Me dio un papelito con su nombre en quechua. La comencé a frecuentar y la invité a acompañarme cuando podía en mi tienda, donde vendía libros y música. Iba a diario con toda su efervescencia juvenil a cuestas y dispuesta siempre a preguntar y aprender. Ella me decía que envidiaba un tanto a la madre de mi hija, que le gustaría tener un compañero de ideas así y con él andar y andar, aprendiendo juntos. Cierta vez, estuvimos a punto de chocar los labios cuando su cercanía era signo inequívoco de la afinidad reinante y existente y de mi lejanía “hogareña” en aquel entonces. Me atrajeron mucho sus rasgos andinos pero finos, sus ojos rasgados y sus labios casi vírgenes que invitaban a reflexionar sobre la lascivia. Lo cierto es que también a partir de allí fuimos una especie de cómplices, tanto, tanto, que viajamos a Bolivia en un momento dado en el que me alejé de la madre de mi hija. Allí la conocí en el día a día, en la pequeña convivencia y en los buses donde logre hacerla mía y venerarla como a una pequeña criatura. Es claro que por ella nuevamente aprendí a atesorar lo espontáneo y la aventura, la belleza de correr detrás de ella y cogerla de la mano.

La brujita extraña
Algo inhóspito y raro acaeció en mi vida. Quizá algo irremediable luego de varios reveses inequívocos. Me enamoré de otra mujer, de su cerquillo, de sus labios, y específicamente del piercing en sus labios. Fue un soplo de aire fresco, una especie de brujita en extinción, siempre de negro, callada y estupendamente original. Al principio solo sabía de ella que era una experta cocinera a su corta edad, luego un poco más cuando llegaba a la tienda con sus amigas, casi idénticas, muy parecidas a ella. Paulatinamente pero de improviso me atrapó su ser, encontrándole una belleza incomparable. Como jugando a mencionar su nombre, ella se convirtió en algo muy importante para mi existencia y aquel nombre en una muletilla repetitiva para mi conciencia. Luego, semanas después, me atreví a disfrazarme de admirador anónimo e inventé un correo electrónico para ella confesándole mi querencia perdida y descabellada, como un kamikaze existencial. Ella quería descubrir mi identidad pero la solución a esa incógnita suya tardaría en descubrirse. No fue sino en un encuentro contracultural en las afueras de Lima donde más la quise, donde más la desee, durmiendo a su costado en una carpa de aquellas. En alguna ocasión le solté el brazo sobre su brazo ataviado de una suave prenda oscura y alcancé a besarla sin que se diera cuenta. Magníficas fueron cada una de esas horas en aquel encuentro de charlas, fogatas, y confraternidad. Fue ya luego del encuentro donde le dije quién era yo, descubriéndome como su esperado admirador, pero fue muy tarde pues justo ya había decidido su alejamiento de esos espacios para nunca más volver.

El corto verano de la anarquía o la última incursión a los columpios
Aún no olvidaba los rigores del último desamor cuando ella apareció. Y ya lo había dicho casi de broma pero de forma premonitoria: “Solo ella podría hacer olvidarla”. Fue raro. Al comienzo, solo sabía su nombre y que vivía por San Borja. Nuestros destinos se encontraron un 6 de enero de 2009, donde luego de una larga caminata nos besamos en una esquina. Nos volvimos a encontrar afectivamente un 8 de marzo, luego de una actividad de difusión sobre género y feminismo, alargando ello en más besos y situaciones llenas de descontrol. Ella fue la chica de los columpios, los deseos encriptados y la luna. Alguna vez, cierta noche de alcohol, nos hicimos promesas eternas en un columpio; y de allí unos dioses macabros no pararon de tejer el destino en conjunción. Muchas veces nos alejamos, hiriéndonos, para acercamos al cabo de un tiempo con mucho más fuerza. En cierta oportunidad hasta me disfracé de sombra para ofrecerle mi corazón, pero eso me enseñaría a evitar mentir pues el karma tarde o temprano me lo cobraría. Me acompañó hasta en la muerte, mi muerte presagiada y poética, para castigarme por ese exabrupto con su lejanía por un par de meses y luego volver a estrecharnos infinitamente con nuestro grupo de teatro y nuestra publicación-fanzine conjunto: El Sol Negro de la anarquía. Cómo olvidar cuando me acompañó cuando me llevaron a Emergencias por un ataque a mansalva con botella rota, y ella estuvo conmigo allí mismo con miles de caricias, llevándome al baño para besarme literalmente las heridas. Aquel verano lo intentamos una vez más, pero tal vez no hayamos estado maduramente preparados para nuestro coctel de aglomeraciones: celebraciones, robos, besos, películas, y saliditas al parque. Solía esperarla recostado en un parque a la vuelta de su casa por la tardecita, con mi corazón batiéndose como un tambor y hasta saliéndose de la alegría. Luego de mucho tiempo pude sentir cosquilleos y emoción por alguien. Los besos, profundamente perfectos, jamás avizorarían el abuso de lo dionisiaco que nos alejó intempestivamente. Por mi parte, intenté reconciliar y reparar el daño, pero fue allí cuando me di cuenta que solo el tiempo se encargaría de poner las cosas en su sitio, y, dicho y hecho, volvimos a encontrarnos luego de un tiempo prudencial, cuando nos enredamos en unos conciertos y otras aventuras más, ya como colofón, hasta recibir la venida de algún año nuevo. Pero más pronto que tarde, aquella niña de 17 años, a quien le decía “mi chiquilla punk”, la que conocí en las calles y en los desmadres, crecería y se volvería a alejar. Ya no sería tanto sombra sino luz y su caos sería ahora tranquilidad, pero esa ya es otra historia.

Epílogo
Mientras tanto en la Isla de la Impecable Soledad, rumbo a Utopía, uno va atesorando las experiencias de los alejamientos, las certezas de los desamores y las alegrías dentro de las tristezas, quizá para no morir, quizá para reinventarse, quizá para tejer nuevas historias, pues el corazón nunca envejece y es una estrella trashumante que en algún otro lado siempre tiende a latir nuevamente. Y será así cuando vuelva a ver las estrellas con los ojos cerrados…

domingo, 17 de enero de 2010

AMEMOS LA DIFERENCIA



Amemos la diferencia
Un compañero habla de antisexismo...


El genero viene a ser una construcción social elaborada sobre distinciones biológicas entre los sexos, a partir de las cuales se enmarcan características culturales diferentes para hombres y mujeres. En base a eso se puede considerar a lo "masculino" y lo "femenino" como meras convenciones sociales que tienen que ver con factores tanto sociales como psicológicos, impuestos en la mayoría de veces. Así, al referirnos a lo "femenino", por ejemplo, esto va cargado de elementos como delicadeza, elegancia, belleza, habilidad para las actitudes domésticas, etc. En tanto, lo "masculino" presenta otras características como rudeza, valentía, don de mando, etc. Aquí, para corroborar y engarzar todas estas actitudes en mujeres y hombres, entran a tallar: la familia, la sociedad (parametrada patriarcalmente), los medios de comunicación, la publicidad y el consumo. Los que evaden estas características, manifestándose diferentes son consideradxs "menos mujeres o "menos hombres".

Existen, a mi parecer, diferencias de grado en cuanto actitudes, formas de ver el mundo, y todo ese universo mental que la misma psicología suele encasillar bajo ropajes demasiado académicos y exclusivistas. Aquí, las generalizaciones tienen que quedar de lado; pero es interesante tomar como medida lo referente al tema de la sexualidad y la maternidad; que parte justamente de lo biológico -natural e incuestionable- y que recalará en actitudes psicológicas y sociales mucho más sinceras. Las mismas que son influenciadas -no necesariamente determinadas- por factores culturales que tienen que ver con la historia de los pueblos y comunidades. Esto genera distintas maneras de concebir el mundo, distintas predisposiciones y distintas -y múltiples- posibilidades. Esta diferencia tenemos que defenderla y saber apreciarla en toda su magnitud. Esto por parte de mujeres y de hombres, indistintamente.

Pero la prevalencia de algún género sobre otro y la segregación, es decir, establecer tanto una diferencia como una jerarquía entre mujeres y hombres, es inadmisible. Es preciso distinguir la discriminación de la segregación. A pesar de toda la carga negativa que lleva la palabra discriminación, no es tan condenable como pudiera verse a simple vista porque sólamente establece parámetros de diferencia. Discriminar es escoger entre posibilidades, segregar es lo nocivo porque no sólo escoges sino que graduas y estableces inferioridades y superioridades. Por lo demás, no se trata sólo de una corrección o un mero ejercicio linguístico, establecer o valorar una diferencia -ya tangible y demostrable entre individuos, por ejemplo- nos permite poner en ejercicio la tolerancia y el aprecio a la diversidad. Estos conceptos guardan relación directa con aquella búsqueda de la libertad de las y los anarquistas. Para nosotrxs, la riqueza de estos nobles principios reside en la salvaguarda de las relaciones antiautoritarias y allí notamos que el machismo y el sexismo se filtran incluso dentro de organizaciones libertarias y en las mismas relaciones.

Pero, referirnos a lo anteriormente dicho, solamente como "cuestiones o problemáticas de género", es tan abstruso y tan difuso como académico y eufemísmico; y, es tan lejano y simplista como -a mi parecer- pretender reducir todo a cuestiones y problemáticas de clases o de "lucha de clases". Toda reducción, simplificación y universalización está alejada -en estos momentos- de lo concreto, de toda realidad y de toda posibilidad efectiva de organización y revuelta. Es por ello que aquel feminismo institucional es parte de lo que se conoce como Cultura Patriarcal, pues no aborda precisiones estrictas de la mujer -propiamente como mujer e individuo- sino que agota el principio de la igualdad en falsas reivindicaciones basadas en condiciones laborales (solamente en beneficio de la sociedad altamente competitiva) y en la búsqueda de un status (económico o de poder político); además de defenderse una femineidad (lo femenino) sublimada y endulcorada. Posiciones así le hacen juego a la otra cara de la moneda: el machismo. Un machismo cargado de elementos que tienen que ver con "lo masculino" (a veces lene e inconsciente, otras exagerado y brutal) y que, ciertamente, también asumen y protagonizan tanto mujeres como hombres.

Retomando lo anteriormente dicho, me parece que merece especial atención la distinción entre mujeres y hombres con respecto a su sexualidad. Carla Lonzi, una compañera italiana del colectivo italiano "Revuelta femenina", hace distinciones muy valiosas y atinadas en relación a la mujer y los interesados planteamientos de izquierda con respecto a la impostación de la mujer y lo que se pretendía de su participación en la política y la revolución en obras como La mujer clitórica y la mujer vaginal y Escupamos sobre Hegel. Para empezar, aborda el tema, justamente, a partir de la sexualidad. En el plano sexual, la posibilidad de conseguir orgasmos para una mujer es múltiple y mucho más rica que, por ejemplo, un hombre. Esta riqueza de probabilidades de placer, esta confortable diversidad orgánica difiere de lo monotemático y unidireccional del orgasmo masculino a través del pene. A partir de ahí, la mujer vaginal se muestra como una mujer sometida a los designios de placer del hombre, requiere del pene para su placer personal, ignorando o soslayando que es infinítamente mucho más placentero el orgasmo clitórico. La mujer clitórica se presenta, entonces, como una mujer en búsqueda de una emancipación, de una libertad, de un reconocimiento íntimo como mujer e individuo. Por ello, me parece que la búsqueda de autonomía y libertad de la mujer reposa, principalmente, en el autoreconocimiento de estos aspectos tan íntimos de ella y de los seres humanos y de allí se proyectan hacia afuera, hacia una participación efectiva y concreta en espacios libertarios. Justamente, las principales reivindicaciones de organizaciones libertarias de mujeres (sobre todo en España) fueron tomando como eje a los liberatorios de la prostitución, a la problemática del aborto y a muchos aspectos que hacen referencia a la diferencia sexual y a problemas específicos, íntimos y particulares de las mujeres.

De allí que, abordando críticamente este asunto y desde una perspectiva libertaria, muchas compañeras en los inicios de su participación en colectivos y organizaciones libertarias en Perú (como en otras partes del mundo) fueron tratadas con desdén y las relegaron a tareas menores. Precisamente por abordar sus problemáticas, desde una perspectiva particular y distinta, y no sentirse identificadas plenamente con las estructuras sindicales, muchas veces de por sí excluyentes. Muchas anarquistas supieron afrontar estos reveses de la propia organización, trabajando en organizaciones interclasistas -buscando a las esposas de los patrones- para seguir trabajando, buscando apoyo económico para las mismas organizaciones que antes las menospreciaron; siendo muy pocas las que se doblegaron, finalmente, asumiendo la masculinidad como identidad de un movimiento quizá no preparado y demasiado identificado con la vertiente más "dura" del anarquismo (es decir, la proudhoniana, la que prácticamente ridiculiza la participación de mujeres en espacios libertarios o la específicamente marxista inoculada en estos mismos ambientes).

Con la caída y la dispersión del movimiento anarcosindicalista, las y los militantes recayeron en organizaciones de izquierda, en el APRA y en organizaciones feministas autónomas. Lo endeble y esporádico de las nuevas organizaciones y colectivos libertarios en años posteriores, junto a la feroz persecución y represión de varios gobiernos, auyentaron a compañeros y particularmente a compañeras, quienes debían afrontar no sólo la culpabilidad de ser anarquistas sino también de ser mujeres. La Sociedad Patriarcal y la mediación del discurso de la publicidad y la comunicación afianzaron ya mecanismos de sumisión inconscientes dentro de muchas mujeres, siendo muy perjudicadas nuestras compañeras, quienes, muchas veces, tenían que luchar frente a poderes económicos y a los de casa. Aquellas valientes mujeres libertarias que hacía mucho tiempo denunciaron la violencia hacia las mujeres, existente entre las mismas parejas obreras, y que escribían sobre moral, sexualidad, libertad, igualdad de deberes y derechos, acentuando siempre, tanto su condición específica de mujer como su condición de individuos -a diferencia de los varones libertarios que insistían siempre en relievar sólo su calidad de madres, esposas e hijas- habían ya desaparecido.

Ahora, mucho tiempo ha corrido sobre los calendarios, nuevos compañeros y compañeras; y noto, aún, una soberbia patriarcal general infiltrada en mucha gente (mujeres y hombres) involucrada con la anarquía y ya definidas o definidos como tal. ¿Cómo se expresa esto? En el lenguaje, en las relaciones, en las actitudes, en la cotidianidad, y largos etcéteras. Lo que se nota es que esto no sólo se circunscribe al territorio llamado Perú, sino que trasciende más allá, y ya hay experiencias en ese sentido. Alguna vez, un compañero de un colectivo frente a la interrogación acerca de la poca o nula participación de mujeres en su colectivo y en otros, nos dijo, muy alegremente: "Con minitas no se puede trabajar, pasa que después se enamoran y abandonan..."; también, alguna vez he escuchado: "Las mujeres no saben trabajar en equipo", o que “sólo sirven para logística”, recordándonos que el ánimo de segregación en ambientes supuestamente libertarios muchas veces no cambia. Los errores no se superan y caemos en excusas tontas y en ridículos reclamos. Ni hablar de esos que rondan ambientes libertarios, buscando sólo pareja de ocasión; o de aquellos que se agrupan y hacen sus reuniones “libertarias” con sus mujeres o compañeras, con el importante y sumiso papel de servidoras de comida...

Lo importante y relevante, ahora, es asumir autocríticamente el asunto, como libertarios, como compañeros y como hombres, es decir, cómo entablamos nuestras relaciones, cómo somos y cómo nos mostramos, cómo nos aperturamos frente a las compañeras que ya trabajan con nosotros o que próximamente lo harán. Suena pertinente subrayar una lucha antisexista tan válida como las múltiples luchas existentes, tomando en cuenta que toca valorar a nuestras compañeras tanto como a nuestros compañeros, pero tolerando y dando cabida a la diferencia entre individuos y matices de diferencia. Añorar y apreciar, entonces, lo distinto frente a lo uni-forme y lo autoritario, relacionarnos de manera diferente sin oposiciones exclusivistas de clase, de género u otras, es aprender de los errores.

Lucho Desobediencia

ACERCA DE LA VIGENCIA DE THOREAU Y LA DESOBEDIENCIA CIVIL



Acerca de la vigencia de Thoreau y la desobediencia civil


“Mis pensamientos asesinan al Estado”
Henry David Thoreau



Henry David Thoreau murió a las nueve de la mañana del día 6 de mayo de 1862. Hace aproximadamente 140 años, y fue el 22 de julio de 1846 que, mientras cruzaba el pueblo en busca de unas botas remendadas, fue detenido y encarcelado por no pagar un impuesto imbécil. Objetó el poder omnívoro del Estado frente a su condición, no consultada, de ciudadano. Efectivamente fue la posición de un hombre libre cuestionando la autoridad establecida y los mecanismos represivos de esa civilización. Thoreau, perspicaz e incisivo, demostró que la captación de esos fondos compulsivos eran derivados a la guerra de Estados Unidos contra México. Entonces, al salir de la cárcel, dictó una célebre conferencia que se divulgó como el Ensayo sobre la desobediencia civil o solamente Sobre la desobediencia civil, texto de exaltada defensa de la libertad individual frente a las injerencias del Estado. Existe incuestionablemente una progresión perfectamente definida en las tres principales declaraciones de Thoreau con respecto al asunto antiesclavista, desde Desobediencia Civil hasta la Apología del Capitán John Brown, pasando por la Esclavitud en Massachusetts. Se trata de una progresión de resistencia al Estado como Institución. En primer lugar, tenemos la resistencia civil o “moderada” rehusando pagar impuestos. En segundo lugar, en la Esclavitud en Massachusetts nos encontramos con la arenga o la exhortación a violar una ley específica y concreta. La tercera instancia de este proceso aconseja la rebeldía abierta no ante una ley específica, sino contra el Estado como tal.

La vigencia de la ideología política de Thoreau queda perfectamente al descubierto en todas sus obras, en general, y en Desobediencia Civil, en particular. Asimismo, su actitud de libertario solidario resulta de una extraordinaria actualidad. Antiimperialista, en el apogeo del imperialismo norteamericano de la primera mitad del siglo XIX; defensor del derecho a pensar por uno mismo, como defensa irreductible ante la avalancha de oportunismo político y compromisos ideológicos; ecologista convencido, en contacto con la naturaleza, cien años antes de los «verdes»; defensor acérrimo de las minorías indias, en proceso de exterminio; antiesclavista convicto y confeso, en plena efervescencia racial que había de culminar muy poco antes de su muerte en el estallido de la guerra civil; defensor del derecho a la pereza, o reivindicador de aspectos creativos del ocio con dignidad, mucho antes de la formulación de Paul Lafargue. Y todo esto hasta límites de un radicalismo que lejos de disminuir con los años, se fue agudizando conforme éstos pasaban: durante dos años, Thoreau se retiró a una cabaña que el mismo construyó en medio del bosque, allí escribió Walden. Por actitudes, como esta, de hombre libre, Thoreau excede largamente todo movimiento ideológico y todas las limitaciones partidarias.

Henry David Thoreau insistía en el factor moral, ante la constatación de la injusticia, la desobediencia surge como un deber de la conciencia. Insistía en la Desobediencia Civil como un deber moral: “El actuar de acuerdo con un principio moral, confirmándose en lo que es justo y poniéndolo en práctica, altera la relación de las cosas y es esencialmente revolucionario en cuanto corta toda relación con el estado de cosas anterior”. Desobediencia al Estado como Sistema, es decir aquella gran maquinaria ciega que convierte a los hombres en simples piezas del engranaje, en súbditos. Dice, toda maquinaria “tiene su fricción pero cuando es la fricción la que llega a tener su maquinaria y la opresión y la injusticia se organizan, no debe mantenerse por más tiempo una maquinaria de esta naturaleza”. Este es el principio moral que inspira la desobediencia civil. Ahora, de lo que se trata es de parar la maquinaria o Máquina del capitalismo recurriendo a lo que podríamos denominar una “microfísica de la desobediencia”, y es que para servir a los objetivos de la Máquina, la gente debe tener unos comportamientos uniformes que permitan que los distintos individuos sean intercambiables. No se necesita gente ni personas, se necesita “personal”. Se necesita masas que trabajen y consuman y que lo hagan, por supuesto, sin cuestionárselo. Por esto es necesario extirpar aquella semilla de pensamiento subversivo, problemático. Se necesita que la gente no piense, que sean meros engranajes, intercambiables, que sigan los dictados de los medios de comunicación: trabajar, consumir, alienarse y volver a trabajar. Estas técnicas de dominación conforman lo que Foucault llama “microfísica del poder”. Se trataría de los mecanismos subrepticios que trabajan en lo cotidiano para que, incluso, se tenga que pedir permiso hasta para pegar un afiche o promover una manifestación. O lo que provoca que las relaciones frente al estado se reproduzcan en la familia sempiternamente autoritaria.

En ese accionar cotidiano, existen distintas formas de boicotear esa gran Máquina como mecanismo represivo. Desde introducir palillos entre sus engranajes o echar arena en el depósito de combustible hasta objetar el menor indicio de autoritarismo o practicar el absentismo laboral. Para funcionar sin problemas, el Sistema necesita la certeza de un orden que reduzca lo imprevisible. Se consuma, así, la certeza de la sumisión de las conciencias de los individuos. A través de la desobediencia podemos complicar su lógica de Pensamiento Unico. Es factible, a mi parecer, responder a la microfísica del poder con una microfísica de la desobediencia ejercida a escala individual. Desobedeciendo, a lo Thoreau, desde nuestra “modesta posición” de individuos y con ese resabio Kropotkiniano de moral, y no de aquella Moral o moralina, proponemos objeción y resistencia frente a todo tipo de cadena. Sólo asumiendo una posición crítica podremos conocer aquel jardín ácrata que inspiró a Thoreau a resistir y luchar, y no condenar a la soledad (“Busco una buhardilla”, sería la primera anotación que registra en su diario), solo objetando la autoridad y transgrediendo seremos libres.
Lucho Desobediencia

NUESTRO RECHAZO LIBERTARIO AL TLC






NUESTRO RECHAZO LIBERTARIO AL TLC


¿Por qué los anarquistas nos oponemos al tratado?

La globalización y el neoliberalismo son un hecho demoledor. Moneda de una sola cara. Pensamiento Único. La globalización es una etapa expansiva del capitalismo que comienza (como proceso) tras la Segunda Guerra Mundial con la creación de estructuras políticas especializadas (FMI, BM, OMC, etc.) y que se reafirma como política económica en los años ochentas con el triunfo de los gobiernos neoliberales en EE UU y Gran Bretaña (Reagan y Tatcher), la crisis de la deuda externa en el "Tercer Mundo" (1982) y la caída del Muro de Berlín (1989). El paradigma actual de la globalización es la transnacionalización de las empresas, es decir, que cuando ya está saturado el mercado de una nación no existirían ni límites ni fronteras para (hacer) operaciones mercantiles en otros países. Existen tres grandes bloques capitalistas: EE UU, Japón y la Unión Europea pero el gobierno de los EE UU se muestra como el principal impulsor y beneficiario de la globalización económica (Imperialismo). El capitalismo en su forma histórica se apoya en una ideología propia: el liberalismo. El liberalismo sostiene que los derechos de los individuos tendrían prioridad por encima de la soberanía del pueblo, ninguna decisión de la sociedad podría ir en contra de ellos. Y hablando concretamente de la globalización ésta se apoya en el neoliberalismo como ideología (única) o modo de pensar las relaciones económicas y la organización social excluyendo otras alternativas.

Se conoce como "Pensamiento Único" a la hegemonía de la globalización económica como pretensión universal de los intereses de un conjunto de fuerzas económicas, esto supone que lo económico estaría por encima de lo político, es decir, que un reducido grupo de trasnacionales podrían definir el rumbo de la "economía mundial" a través del Mercado, las privatizaciones, los Tratados y otros conceptos-clave como el Librecambio, la mundialización, la Moneda Fuerte y el Libre Comercio. Habría que desmontar este mito o cuento del "libre comercio" mediante el cual los portavoces del neoliberalismo pretenden justificar la coerción por parte del gobierno de los EE UU sobre pueblos y comunidades de latinoamérica, y es que se aduce, mediante un ardid que aquello (libre comercio) tiene que ver con la libertad (en realidad, falsa y virtual) y el progreso (enmarañado y manipulado concepto), que las fronteras entre los países ya no existen, económicamente hablando por supuesto; y que hay que entregarse -para estar a tono cono la "modernidad"- a todas las bendiciones neoliberales: acuerdos, convenios y tratados sin consulta alguna o disparidad de opinión.

Todo esto lleva consecuencias nefastas, por ejemplo, en Latinoamérica los efectos son altamente nocivos: Las privatizaciones y el "libre mercado" generan despidos gran escala, campesinos e indígenas son despojados de su territorios ancestrales por empresas transnacionales, alimentos y productos naturales que no sólo han servido de alimentación sino que han formado parte de la cultura y la espiritualidad de los pueblos son sometidos a regímenes de "libre mercado", nativos pertenecientes a otra cultura y con una cosmovisión del mundo diferente obligados a incorporar en sí mismos la totalidad de la cultura hegemónica, etc.

Ahora, y como parte de toda esa lógica, se viene el TLC o Tratado de Libre Comercio, ya negociado entre los gobiernos de EE UU y Perú y prácticamente consolidado. "Todo está bajo control", dicen los negociadores del Tratado frente a lo ya inevitable, la firma del mismo. Toledo se llena la boca con una argucia política: "Este es un logro más (de mi gobierno)... un TLC que tendrá enormes implicancias para la economía del Perú en los próximos 30 años", mientras los ministros de Estado y los empresarios se frotan las manos, posan para la foto y dan declaraciones. El Tratado pronto estará en marcha y aunque no se conocen aún las negociaciones concretas al respecto, ya se teme lo peor.

Tratado que no sólo abarca la problemática del comercio, tras el encubridor nombre de "Tratado de Libre Comercio", sino que tiene que ver con los servicios (salud, educación, telecomunicaciones, agua, jubilaciones, vivienda, seguridad, transportes, etc.), agricultura, alimentación, inversiones, pequeña y microempresa, derechos laborales, y medioambientales, medicamentos y derechos de propiedad intelectual sobre la vida (especímenes o material genético), programas sociales, etc. Por nuestra parte,
lo(a)s anarquistas estamos contra aquella política autoritaria que exige la mercantilización de todo, y es que este tratado pretende endurecer las leyes de los derechos de autor y patentar todo lo que se le venga en gana, llámese conocimientos, tecnologías, cultura, vida, donde incluso las plantas o los alimentos que han acompañado a pueblos enteros como parte de una genuina y particular cosmovisión y hasta los propios genes de los seres humanos son manipulados y etiquetados. Obvio, todos estos aspectos negociados a puerta cerrada, en secreto, en conversaciones que sólo conciernen - o así nos lo hacen ver- a los gobernantes de turno: Bush, Toledo y sus secuaces (quienes se ríen con su diplomática sonrisa) y a lo(a)s inversionistas o las multinacionales.

La ingenuidad es notable en la mayoría de la población -por engaño, desconocimiento o vana esperanza- en tener cierta expectativa en estas medidas y este tipo de tratados a nombre de la Economía -en grandes letras- y de la apertura al mercado mundial. La economía no deja de ser la ciencia de lo oculto, cifras que no dejan nada, sólo números y más de los mismo. El mismo periodismo habla de los costos de la negociación y de las concesiones frente a EE UU. Nosotro(a)s no esperamos ingenuamente nada de ello, sólo queremos el respeto y la dignidad de los verdaderos actores económicos que sudan sus sueldos y reciben migajas (con promesas macroeconómicas) a cambio. Como libertario(a)s asumimos este tipo de negociaciones de manera crítica: La (su) Economía mundial no nos interesa, detestamos el imperialismo, pero también detestamos todo lo que nos pretenden imponer la escoria de sus gobiernos: Estado, Patria, Nación y demás tonterías esclavizantes que van de la mano -ahora más que nunca- con el neoliberalismo y el "libre mercado". Nosotros sí tenemos fronteras más importantes que romper.

Lo(a)s economistas, tecnócratas, políticos y burócratas dicen que la globalización neoliberal es inevitable y necesaria, que ir contra ella es ir contra el "progreso tecnológico". Nosotro(a)s postulamos transformar radicalmente el mundo que nos imponen, en otro plagado de pueblos, comunidades e individuos capaces de construir su propio destino basado no en un "mesias" o en un "lider máximo", o en egoísmo neoliberal malsano, sino en la autoorganización y la autogestión de la producción, la circulación y el consumo. En la destrucción de las fronteras, pero para constituir un anarquismo - bien entendido- que combine la equidad con la libertad y en el que cada cual pueda relacionarse sin niguna coerción. Postulamos, pues, la globalización de la resistencia, organizaciones autónomas en la cuales los pueblos hagan y determinen sus propias revoluciones y en la que no habrá ni imperios ni neocolonias, sino que todos y todas serán libres y soberano(a)s. Por el momento, frente al TLC que amenaza a grandes sectores, principalmente agrícolas y ganaderos, proponemos la acción directa y la consolidación de mecanismos económicos autogestionarios y de revuelta al margen del Estado y las (sus) corporaciones. Ni Tratados ni países.

Lucho Desobediencia

PRADA LIBERTARIO (1)



Prada libertario (1)

“La anarquía es el punto lejano y luminoso hacia donde nos dirigimos...”
Manuel González Prada


Hace unos meses, exactamente en julio, recordábamos algunos el tiempo transcurrido a partir de la muerte de Manuel González Prada; a eso suelen llamarle aniversario, el 85 aniversario de su muerte. Si existiera la inmortalidad y todos los fuéramos, Manuel González Prada seguiría transitando esa evolución teórica en forma autocrítica, tan conocida en él. Quizá comprendería a cabalidad el por qué de nuestra negativa a llamarlo Don Manuel, pues sonaría muy lejano y propio de quienes sólo quieren almidonarlo en una biblioteca o en un panteón. Quizá preferiría que lo llamemos solamente Prada, el compañero Prada, como sabemos quienes lo conocemos. A lo mejor seguiría sorprendiéndonos con su prosa en algún periódico de esos, de corto tiraje pero de gran coraje; algún periódico anarquista o en algún panfleto que probablemente terminaría como aquellas hojas perdidas, de gran valor pero perdidas, que el tiempo deshace en mil fragmentos como las múltiples identidades a las que recurría Prada.

Acudir al personaje Prada para muchos “intelectuales” del stablishment no es sino una empresa que los deja finalmente mal parados. Pretenden arropar su ideario, su identidad; el propio Prada se adelantaría a estos, manifestando: “¿Identidad del individuo? Quimera: no somos un hombre idéntico, sino muchos hombres sucesivos. En lo profundo de nuestro ser, todos hemos visto nacer y morir muchas personalidades, todos representamos una larga cadena de individuos diversos y aún contradictorios. Una personalidad nace hoy donde otras murieron ayer: cada uno de nosotros quedaría figurado exactamente por una cuna circundada de sepulcros”. Demás estaría argumentar sobre lo ridículo de un análisis psicológico de Prada. Debates insulsos que no hacen más que discutir sobre si es “resentido, desadaptado o rebelde”. Tampoco sirve, mucho menos, la consideración de rotularlo como “burgués” o “pequeño burgués”, arma desfasada que aún sirve para desacreditar su discurso. Para estudiar a Prada –si es que cabe el término- es necesario conocerlo bien, conocer el anarquismo y el suyo en particular. Ya no es sólo necesario conocer, a medias, una serie de rumores sobre su persona, sobre sus actividades o su familia; tampoco citarlo en demasía e irreflexivamente, como lo hicieron algunos.

Rodolfo González Pacheco, responsable de uno de los periódicos anarquistas más importantes de la Argentina de comienzos de siglo XX: La Antorcha, en “Meta y metal!”, uno de sus Carteles, refiere acerca de Rafael Barret lo siguiente: “No acaba de comprenderse al anarquista. Y esto se debe –parece una paradoja- a su propia sencillez, su rectitud, su coherencia”. Palabras que también, y no sería de otra forma, podrían aplicarse fácilmente al Prada anarquista. Además, tanto en Barret como en Prada se puede observar en su ideología anarquista una evolución que muchos no comprenden: desde un individualismo radical en el que confluyen tanto rasgos vitalistas e irracionalistas de cuño nietzscheano como elementos de un liberalismo , hasta llegar a un anarquismo solidario plenamente asumido.

El mismo González Pacheco, en otro de sus Carteles, remarca, además, la importancia de un libro como Anarquía, “...tan eficaz y caliente como si lo hubiera escrito hoy, madurado al fuego de las contiendas actuales, no sólo contra el Estado, sino contra las flamantes dictaduras de la derecha y la izquierda. No hay una página muerta; todas siguen peleando”. Leyendo a Prada advertimos una tensión , una lucha interior a manera de desgarramiento. Es esto evidente a lo largo de toda su obra ensayística. Habría que valorar con exactitud, justamente, una de las etapas mas controversiales del anarquista, la posterior a la guerra con Chile, pero atendiendo aquella tensión. Así que quienes pretendan ubicar a Prada en el marco de la “Historia” y de la nación peruana no cesan de resbalar. Decía Prada, en Pajinas libres: “Nada tan hermoso como derribar fronteras y destruir el sentimiento egoísta de las nacionalidades para hacer de la Tierra un solo pueblo y de la humanidad una sola familia...”. Angel Cappelletti nos alumbra al respecto, pues nos recuerda, por ejemplo, que se trataría de un nacionalismo “exógeno”, ese que algunos “toman” y manipulan de los principios de su obra. Todo esto ya en el transcurso de su evolución socio-política. Esto es lo que no terminan de comprender los “estudiosos” de Prada. Es que si sólo se mencionan como influencias por el lado del evolucionismo a Darwin, y no a Kropotkin o Eliseo Reclus; por el lado del positivismo a Comte, y no a Spencer; o por el lado de la voluntad a Engels (¡?), y no al propio Errico Malatesta, no se consigue ,al menos, acercarse al anarquista.

Cuenta la historia, y no la Historia (oficial), que en el año 1925 apareció en el medio un volante invitando a los obreros a un acto en homenaje a Manuel González Prada en el local de la federación de motoristas y conductores, pero fue en realidad un homenaje a Lenin. El discurso de orden corría a cargo de José Carlos Mariátegui; quien, con ladina sapiencia marxista, dijo que Lenin había sido uno de los mártires del Zar de Rusia y que estuvo preso en Siberia por dos años; cuando, de pronto, un anarquista le increpó manifestando que habían sido fríamente engañados. No se trataba de un homenaje a Prada, y dudo que los haya sinceros, sino de todo lo contrario: de enterrar su pensamiento. Mariátegui, en ese entonces, perdió los estribos y se armó un alboroto, para lo cual funcionó el temple autoritario de Mariátegui. Al margen de la táctica perversa del marxismo, lo que trato de demostrar con esta anécdota es sólo una actitud, la de Mariátegui. Aquel que le llamara “maestro” o “primer instante lúcido en la conciencia del Perú” se convirtió después en “leve” crítico de Prada y en un sucedáneo aprovechador del nombre de éste. Así, Mariátegui acusa ligerezas como éstas: “Leyendo sus discursos y sus artículos se nota que González Prada carecía de estudios específicos de Economía Política” o “Pero no pudo trazar a su falange un plan de acción. Su espíritu individualista, anárquico, solitario, no sería adecuado para la dirección de una vasta obra colectiva”. Mariátegui restaba mérito a Prada por su prosa. Argumentaba que sólo tenía vena literaria, cuando lo más probable era que éste envidiara su estilo. Obviamente Mariátegui desconocía el ideario libertario de Prada, pues repetidas veces, muerto Prada, señalaba al anarquista como sólo un teórico, más verbo que acción. Desconocía meridianamente que para el anarquismo no hay diferencia entre el qué hacer y el qué pensar, sino que es un continuo trasvase de la teoría en la acción y de la acción en la teoría. Muy probablemente, el “Amauta” buscaría desacreditar a Prada para hacerse cargo de aquella “dirección” de la clase obrera a la que se refería.

En 1948, en la “Casa del Pueblo” del partido aprista, se preparó un homenaje a Manuel González Prada. En el programa de la ceremonia estaba como epílogo las palabras de la viuda. Al comenzar sus palabras, Adriana de Verneuil, sorprendió con estas palabras; “Doy gracias a Dios por haberme permitido celebrar el centenario de Manuel”. La gente congregada no salía del asombro al escuchar estas palabras; cuando, en medio del suspenso público, aclaró mirando a Haya de la Torre: “Eso de Dios lo he dicho por usted”. Esta otra anécdota testimonia la manipulación de la figura de González Prada, ya muerto, por parte de los apristas, en este caso particular, cuando hay poco o mejor dicho nada de similitud. El Superintendente de Banca y Seguros del corrupto régimen aprista de Alan García, Hugo García Salvatecci, en uno de sus inconsistentes trabajos en relación al anarquismo en el Perú, manifiesta: “Pienso que si se desea hacer un estudio completo sobre el origen de la primera ideología aprista habría que remontarse forzosamente a La Protesta y a las postrimerías del movimiento anárquico peruano”. Desliza la posibilidad de ser –los apristas como él- continuadores de la construcción de una conciencia crítica y se “cuelgan” del auge del anarco-sindicalismo en el Perú. García Salvatecci se refiere a una defensa de parte de uno de los redactores del periódico La Protesta, por motivos determinados y en un momento particular, al Haya perseguido y en prisión cuando, al parecer, nada hacía prever su posterior actuación. Después el mismo periódico corregiría, al menos parcialmente, su actuación. Se trata del mismo periódico anarquista que defendió a Prada en momentos de acusación. Este es un hecho clave en lo que se refiere a lo errado de ligar anarquismo y aprismo, o mejor dicho Partido Aprista. Aquel joven muchacho que conoció al Prada bibliotecario y se acercó como muchachillo periodista admirador y nervioso, al morir Prada, no tardó en convencer a la viuda para que él mismo, Haya de la Torre, y Luis Alberto Sanchez sean a la muerte de ésta, los herederos de los bienes de Prada y los únicos autorizados para hacer trabajos con los documentos de la familia Prada. Es así que el “Partido del pueblo” siguió intentando apoderarse de la figura de Prada, Sanchez sacaría las Obras Completas de González Prada y varios trabajos con, más que todo, anécdotas y datos de poca monta. Muchos dicen, por ejemplo, que el Don Manuel, libro de Sanchez, es copia de Mi Manuel de la viuda. García Salvatecci, mucho tiempo después de sacar un, medianamente bueno, trabajo sobre Prada; sacaría uno de mediocrísima factura, con lo mismo sólo que peor. Ahí menciona sandeces como que Prada “le inculcó el amor a la patria” u otras, torpemente militantes como: “si en nuestros estudios hay algún aporte, se lo debo a mi Partido: He estudiado al Anarquismo como vertiente principal del APRA...”. Tantos años para confirmar que este pobre tipo nunca entendió a Prada libertario.

Por otro lado, y reincidimos en mencionar esto, hay en González Prada una evolución interior, un proceso de desarrollo, que también recae sobre su concepción de lo religioso. “Tan metafísico y teólogo es un hombre al afirmar la existencia de un Dios como al negarla. La verdadera filosofía consiste en dudar”. “Sobre las cosas dudosas como Dios y nuestro destino, el verdadero pensador no vive aferrado a creencias fijas sino fluctuando entre opiniones sucesivas”, dice Prada. Aquella maduración y superación de ideas desborda aquel ateísmo simple que se le atribuye. Prada era un tipo muy agudo y perspicaz como para caer en absolutos totalitarios. Sería muy peligroso, también, a la vez que poco acertado, determinar que hay un sistema filosófico (la inmanencia) que serviría para organizar todos los aspectos de su pensamiento. Craso Error, esto sería tan penoso como defender un ateísmo simplista donde no lo hay. Las especulaciones de Thomas Ward en su trabajo La Anarquía inmanentista de Manuel González Prada son poco acertadas. Demás está decir que desconoce la vigorosa influencia de Eliseo Reclus en relación a los conceptos de Evolución y Revolución. Prada está muy lejos de ser solo un nihilista con marcada vocación destructiva. Quizá Ward tendría que revisar conceptos claves como socialismo y anarquía, nihilismo y anarquismo; o entender el ateísmo y el agnosticismo en relación a la anarquía. Fracasa, en relación a Prada, tanto o más, como Gerardo Leibner, aquel investigador de La Protesta y la “andinización del anarquismo en el Perú”, refiriendo que Prada no logró una síntesis entre su radicalidad criolla peruana y su anarquismo, deslizando una carencia en Prada, que no existe: pues no existe un anarquismo peruano como síntesis, y tampoco creo que esto le quite el sueño a cualquier anarquista apátrida No podemos dejar de lado al “atinado” periodismo. Los artículos sobre Prada no hacen sino cansarnos, como aquel publicado este año en el Diario El Peruano. El autor, un tal Robert Medina Pecho tituló su artículo: Del Liberalismo al anarquismo. Este artículo, recordatorio de los 159 años del natalicio de Prada, no es sino más de lo mismo. Se habla de González Prada sólo como escritor puntilloso, periodista y político. Casi todo el artículo gira en torno a algunos detalles de su educación, el “trauma de la guerra” y en el último apartado, “la propuesta”, sólo se habla de su anarquismo en un par de párrafos. Esto es ilustrativo en relación al periodismo. Si es que existe una labor periodística en Prada, sería parecida a la de anarquistas como Rafael Barrett o Ricardo Flores Magón, que además de poseer prosas estéticamente similares, también actuaron sin trabas jerárquicas y con puño firme al margen de la línea periodística de cualquier publicación. Con el mexicano Flores Magón, incluso, los une su tránsito de una formación positivista cercana al anarquismo kropotkiniano y un liberalismo político económico al anarquismo que ambos optaron abiertamente casi simultáneamente. Ambos entenderían en su propia experiencia que el Estado, origen y meta de la actividad política , es una superestructura fundamentada en el capital y en intereses contrarios al anarquismo. Prada y Flores Magón asumieron, por su propia cuenta y riesgo, que la verdadera lucha no es la que se da entre una doctrina política y sus enemigos sino la que se da entre lo autoritario y lo libertario. El historiador libertario Max Nettlau, refiere al respecto de Prada: “Fue categórico en su lucha contra el concepto de autoridad y, en mi opinión, de manera persuasiva. Su obra como la de Rafael Barrett, me demuestra el valor de estos anarquistas que propagaban sus convicciones directamente, sin sentir presión alguna por parte de los gremios o agrupaciones. Tales hombres van derecho contra el concepto de autoridad, al que desmenuzan con un razonamiento absoluto y lo inutilizan sin piedad”.

Esta sucesión de visiones pagadas de errores son como aquel monumento a Prada en la avenida Javier Prado. Es decir mera fanfarria ceremonial, puro vacío intelectual e institucional que no lo comprenden ni en lo más mínimo. Si es que Prada fuera inmortal –y lo es su pensamiento- los acusaría con su dedo implacable y su pluma vigorosa. Caería en la cuenta que no se trata sino de un mal generalizado y, como en el desencantamiento de su poemario Trozos de vida, les volvería a decir con tono misántropo al lado de la muerte: “Al puede ser de la tumba / Voy sin pena ni temores / Con el asco por la vida / Con el desprecio a los hombres”. Y es que no se entiende al anarquista, a Prada libertario.

Lucho Desobediencia

PRADA LIBERTARIO (y 2)



Prada Libertario (y 2)


Cuesta hablar de Prada sin acudir a los suyos, a los libertarios. Lo recordaba Rodolfo González Pacheco, a propósito de su libro póstumo Anarquía que fuera publicado con artículos, en su mayoría, del periódico Los Parias: “Ahí está el libro Anarquía, tan eficaz y caliente como si lo hubiera escrito hoy, madurado al fuego de las contiendas actuales, no sólo contra el Estado, sino contra las flamantes dictaduras de la derecha y la izquierda. No hay una página muerta; todas siguen peleando”1. Es una descripción atinada acerca de un vigoroso libro que centra toda su crítica en lo autoritario, y con una prosa literaria de gran valor. Leemos, por ejemplo, en el artículo La Autoridad: “Según los antiguos, el poderoso Zeus, al arrebatarle la libertad a un hombre le quitaba la mitad de su virtud. Muy bien, perdemos lo más grande y lo mejor de nuestro ser al sufrir el oprobio de la esclavitud; pero ¿qué ganamos desde el instante que ascendemos al rango de autoridad? Cojamos al ente más inofensivo, otorguémosle la más diminuta fracción de mando, y veremos que instantáneamente, como herido por una vara mágica, se transforma en un déspota insolente y agresivo”2. Palabras precisas y argumento derecho contra el concepto de autoridad, como precisaba, el Herodoto de la Anarquía, Max Nettlau.

Como hemos visto, ante todo tenemos a un Prada antiautoritario, esta característica libertaria recorre gran parte de su obra, e, insisto, de un modo evolutivo. Como Eliseo Reclus, en su libro Evolución y revolución3, para Prada los conceptos de revolución y evolución no se niegan. “En evolución y revolución no veamos dos cosas diametralmente opuestas, como luz y oscuridad o reposo y movimiento, sino una misma línea trazada en la misma dirección; pero tomando unas veces la forma de curva y otras de recta. La revolución podría llamarse una evolución acelerada o al escape, algo así como la marcha en línea recta y con la mayor velocidad posible”4. Herencia innegable del geógrafo libertario francés que, al pretender descargar la carga negativa de la revolución, manifiesta que en la evolución universal las revoluciones se suceden por infinidad de millones, y que por insignificantes que puedan ser finalmente entran en ese movimiento infinito de agitación.

Su confianza en la ciencia, como anarquista, se la debe a Reclus pero también, y en mayor medida, a Pedro Kropotkin y sus fundamentos científicos del anarquismo. Esto que fue el talón de Aquiles de muchos anarquistas, sobretodo los que cargaron con el positivismo a cuestas para derrotar clero y tradiciones, constituyó tanto en los librepensadores decimonónicos como en Prada una entrega esperanzada a algo que reconocieron como un instrumento del porvenir del hombre que conduciría a la humanidad a una sociedad más justa y perfecta. Por ejemplo, un discurso como El intelectual y el obrero parecería contener grandes semejanzas al libro La conquista del pan5 del anarquista ruso. La influencia de ésta obra capital del anarquismo en Prada es clave, el ha leído esta obra y comprende el aporte libertario como crítica de la economía política existente que ya tendía a crear un mecanismo productivo deshumanizante, con “hombres tuercas” y “hombres tornillos”; e ignorando, en suma, la posibilidad que Kropotkin establece en relación a la necesidad del trabajador de crear y de poner algo de su ser en los objetos que produce. La idea de que no hay diferencia entre el pensador que labora con la inteligencia y el obrero que trabaja con las manos es tomada de otro libro de Kropotkin llamado Campos, fábricas y talleres6 que complementa –siguiendo el estudio económico- La conquista del pan; en esta obra se afirma también que no existe –en sentido estricto- “una labor puramente cerebral y un trabajo exclusivamente manual” y se aboga a favor del trabajo y la educación integrales. Así, y en general, sus ideas socio-económicas y la de la revolución son de origen kropotkiniano.

También existen tintes de “revolución malatestiana”, es decir, también influencia del italiano Errico Malatesta. Básicamente, lo que propone Malatesta y que está señalado en su libro Ideario7 y en el folleto Nuestro programa es la necesidad de un anarquismo que tenga en cuenta el factor de la voluntad; a saber, un proyecto en el que la anarquía sólo será realizable en tanto y en la medida que los hombres se lo propongan. No basta la conciencia, es necesario también una voluntad –anarquista y creadora- capaz de producir efectos nuevos, independientes de las leyes mecánicas de la naturaleza o de cualquier inevitabilidad histórica. Prada dice en La revolución que “La voluntad del hombre puede modificarse ella misma o actuar eficazmente en la producción de los fenómenos sociales, activando la evolución, es decir, efectuando revoluciones”8. Un matiz evidentemente diferente que asume Prada en busca de un anarquismo evolutivamente crítico, pues lo del propio Kropotkin se acerca a un anarquismo con posiciones deterministas. En otra parte de dicho texto dice también Prada: “Desde la reforma y, más aún, desde la Revolución Francesa, el mundo civilizado vive en revolución latente: revolución del filósofo contra los absurdos del Dogma, revolución del individuo contra la omnipresencia del Estado, revolución del obrero contra las explotaciones del Capital, revolución de la mujer contra la tiranía del hombre, revolución de uno y otro sexo contra la esclavitud del amor y la cárcel del matrimonio; en fin, de todos contra todos”9. Al parecer una revolución de carácter muy general y diverso que reúne no sólo los clásicos problemas políticos, sino aspectos poco tocados para la época: el amor y el matrimonio. Prada encontraba en la familia un ámbito de opresión tan duro como el del Estado o aún más; y ni hablar de su opinión muy dura y crítica sobre el matrimonio. Uno de los pocos que anduvo por esa línea de crítica desde la cotidianidad fue Malatesta. Basta revisar algunos artículos suyos en periódicos italianos. Por otro lado lo suyo pretendía una revolución sintetizada en la fórmula “libertad para todos” o revolución humana y no sólo proletaria. En un discurso, el primero de mayo de 1906, Prada se muestra contundente y con la misma fórmula declara: “Para el verdadero anarquista no hay, pues, una simple cuestión obrera, sino un vastísimo problema social; no una guerra de antropófagos entre clases y clases, sino un generoso trabajo de emancipación humana”10.

La etapa de la Guerra con Chile de donde se nutren muchos seudo-intelectuales para adjudicarle cierto patriotismo a González Prada no es sino una etapa de tensión en la que ya perfilaría su odio a las patrias: “Todos los espíritus elevados y generosos convergen al cosmopolitismo, todos repetirían como Schopenhauer que ‘el patriotismo es la pasión de los necios y la más necia de las pasiones’. Pero, mientras llega la hora de la paz universal, mientras vivimos en una comarca de corderos y lobos, hay que andar prevenidos para mostrarse corderos con el cordero y lobos con el lobo”11. Y de aquella manera resolvió Prada esa lucha interior, esa secuela que dejó la guerra y que después maduraría en un sentimiento apátrida bien reflejado porque, como bien dijera Prada, “la patria no es sólo el aire que respiramos, el río de que bebemos, el terreno que sembramos, la casa donde vivimos y el cementerio en que duermen nuestros antepasados; es también el soplón que nos delata, el esbirro que nos apercolla, el juez que nos condena, el carcelero que nos encierra y la suprema autoridad a quien debemos obediencia y sumisión, ya esté representado por un general sudamericano que a duras penas sabe leer o escribir, ya por un reyezuelo español que lleve por cerebro un trozo de bacalao frito en el aceite de alguna sacristía”12. En este sentido, Prada conoce perfectamente la crítica del anarquista ruso Miguel Bakunin al patriotismo, entendido como culto sacerdotal del Estado. Para esto Bakunin compara el autoritarismo del Estado con el de la Iglesia (Dios) y pone de relieve lo dañino del reflejo de aquellos cultos divinos, el de la iglesia convertido en misticismo absurdo y esclavizante y el del Estado, igualmente dañino, y convertido en un bestialismo pernicioso llamado militarismo basado en aquella abstracción necrofílica, porque “el Estado, por su mismo principio, es un inmenso cementerio, donde vienen a sacrificarse, a morir y a enterrarse todas las manifestaciones de la vida individual y local, todos los intereses de las partes cuyo conjunto constituye precisamente la sociedad; es el altar donde la libertad real y el bienestar de los pueblos se inmolan a la grandeza política, y cuánto más completa es esta inmolación, más perfecto es el Estado”13. Manuel González Prada debidamente influenciado por Bakunin, también dijo: “No habiendo más realidad que el individuo, el Estado se reduce a una simple abstracción, a un concepto metafísico; sin embargo, esa abstracción, ese concepto encarnado en algunos hombres, se apodera de nosotros desde la cuna, dispone de nuestra vida, y sólo deja de oprimirnos y explotarnos al vernos convertidos en cosa improductiva, en cadáver”14. Prada, en su libro Horas de Lucha, se adscribe al viejo lema anarquista “Ni Dios ni amo”y advierte que Bakunin descarga tantos golpes en la Iglesia como en el Estado, rescatando del revolucionario ruso la sentencia: “Si Dios existiera sería necesario abolirle”. Tanto para Bakunin como para Prada la idea de Dios absorbe, destruye todo lo que no sea Dios; y propicia a la vez una religión como justificación trascendente de la sujeción económica y política.

Prada también tiene presente al anarquista francés Sebastián Faure exclamando en momentos de colérica inspiración: “marchemos al combate contra el dogma, contra el misterio, contra el absurdo, contra la religión”. Para el autor de Doce pruebas que demuestran la inexistencia de Dios, este (dios) representa la Autoridad suprema, el gran símbolo de la autoridad a liquidar, a echarse abajo. Y es este principio el que combate cabalmente Prada. El mismo Faure relaciona la problemática de la autoridad con el dolor universal15 y las contrapone a la libertad y la felicidad general. Es una crítica de la autoridad concebida como resultado de las experiencias más diversas, políticas o no, que la descubre como un virus que envenena todas las relaciones humanas y sociales. La misma razón le causa repugnancia a Prada, y frente a la autoridad propone la desobediencia: “Odiemos, pues, a las autoridades por la única razón de serlo: con el solo hecho de solicitar o ejercer mando, se denuncia la perversidad de los instintos. El que se figura tener alma de rey, posee corazón de esclavo; el que piensa haber sido creado para el señorío, nació para la servidumbre. El hombre verdaderamente bueno y libre no pretende mandar ni quiere obedecer: como no acepta la humillación de reconocer amos ni señores, rechaza la iniquidad de poseer esclavos y siervos”16. Sigue siendo Prada, el más antiautoritario de los antiautoritarios; y más que un apóstol, un anarquista.

Lucho Desobediencia